Propósito de este sitio

El objetivo de este sitio web es reunir en un mismo espacio digital información y documentos que permitan a docentes, directivos y personas interesadas en el cambio de paradigma educativo que comienza a vivirse hoy en la escuela, familiarizarse y profundizar en los principales temas de la inteligencia espiritual y otros relacionados y convergentes con ella, en el contexto de esa relevancia cada día más urgente que reclama una auténtica educación integral de las personas, sean niños, adolescentes, jóvenes o adultos. 


De la espiritualidad a la inteligencia espiritual

Investigación de la espiritualidad

En los últimos años, el estudio científico y la reflexión teórica subsiguiente sobre el cerebro humano y los procesos de aprendizaje han permeado a las ciencias de la educación: la visión de la realidad humana como una entidad psico-somática y social se ha dilatado en un mapa que ahora acoge la dimensión espiritual como un constituyente esencial de la persona. Estudios e investigaciones arrojan evidencias de que la espiritualidad de un individuo incide en el bienestar y en la calidad de su relación con el mundo tanto como pueden hacerlo sus habilidades cognitivas, emocionales o sus vínculos interpersonales. Incluso más: una espiritualidad desarrollada puede optimizar estas facultades.

Como experiencia humana, la espiritualidad ha estado presente a lo largo de la historia en las grandes religiones y tradiciones espirituales tanto occidentales como de Oriente, además de en muchas corrientes filosóficas de la Antigüedad. No se tr ata de un fenómeno nuevo, como no es novedosa la existencia de monjes budistas o cristianos, o religiosas de vida contemplativa. Lo novedoso es que ciencias distintas como la neurobiología, la psicología cognitiva, la filosofía y la antropología, entre muchas otras que enfocan interdiscisplinariamente este "nuevo" objeto de estudio, han reconocido la espiritualidad del ser humano como una condición antropológica y, por consiguiente, presente potencialmente en distintos grados en todo individuo, independientemente de su pertenencia cultural; es más, independientemente de que sea creyente o que no se adscriba a confesionalidad religiosa alguna. Como señalan la mayoría de los investigadores, una persona atea puede mostrar en su vida un alto grado de desarrollo espiritual; y a la inversa, una persona que profesa activamente un credo religioso puede evidenciar conductas que expresen una escuálida vida espiritual. (Esta constatación supone inmensos desafíos para todos aquellos agentes encargados de la educación y formación religiosa, en cualquier contexto de hoy).


Para comprender el reconocimiento científico de esta dimensión humana, es necesario remontarse hasta fines del siglo pasado (1983), cuando Howard Gardner abre la investigación de la inteligencia humana con su mapa de las inteligencias múltiples, superando una para él reduccionista concepción de la inteligencia vinculada casi exclusivamente a índices cuantificables de "coeficiente intelectual" (CI) (vigente sin embargo hasta el presente en la mayoría de los modelos educativos considerados existosos). Gardner definió finalmente ocho inteligencias (lingúística, matemática, musical, interpersonal, kinetico-corporal, etc.), y aunque no estableció en su mapa la inteligencia espiritual, sí la identificó, refiriéndose a ella indistintamente como inteligencia trascendente o inteligencia existencial, y señaló sucintamente que es un estructura interna de la persona que, siempre que sea adecuadamente estimulada, la capacita para un autoconocimiento profundo de sí misma, para establecer vínculos de calidad con los demás, y para construir una visión de la vida y de la realidad que integre, conecte, trascienda y dé sentido a la existencia.


Establecimiento del concepto

Danah Zohar
Danah Zohar

Habría que esperar hasta el año 2000 cuando los investigadores británicos Danah Zohar y Ian Marshall acuñan el concepto de "inteligencia espiritual" y procuran darle un estatuto epistemológico indubitable, basando sus conclusiones en investigaciones neurocientíficas llevadas a cabo mediante la experimentación en laboratorio y mediciones de la actividad cerebral. Zohar y Marshall postularon la existencia de tres redes neuronales interrelacionadas en el sistema nervioso que explicarían la actividad intelectual, la emocional y la espiritual, entendida esta última como centro unificador de todo el comportamiento mental del ser humano. El objetivo de estos investigadores fue establecer, como señalan en el capítulo inicial de su libro Inteligencia espiritual, "las pruebas científicas de la existencia de la IES". Allí señalan que: "Siempre que nos apartamos de nuestros supuestos o de nuestra forma habitual de ver las cosas, cada vez que logramos una visión que coloca nuestra actuación en un mayor contexto de sentidos y significados, cada vez que trascendemos el ego y actuamos desde el centro, cada vez que experimentamos el estremecimiento de la belleza o de la verdad que nos supera, oímos lo sublime en una obra musical, vemos la majestuosidad de un amanecer en la montaña, sentimos la profunda simplicidad de una nueva idea, vivimos las honduras de la meditación o la maravilla de la oración, estamos percibiendo nuestra IES [inteligencia espiritual] y, en alguna medida, usándola para curarnos".

De esto hace ya casi dos décadas. Como es comprensible cuando surge un "nuevo" objeto de investigación científica, y a fin de evitar la generación de mitologías (como ha ocurrido con los neuromitos, por ejemplo), el estudio continúa y algunas definiciones que parecían establecidas siguen a la espera de confirmación o refutación científica y experimental. Son muchos los investigadores que desde distintas disciplinas, y sobre todo interdisciplinariamente, procuran acercarse a la inteligencia espiritual. Al definirla, algunos destacan su plano racional, considerando actividades más bien cognitivas (pensamiento crítico, preguntas existenciales últimas, etc.); también hay quienes enfatizan la experiencia o vivencia, vinculando la espiritualidad a las emociones (gratitud, compasión, paz; incluso experiencia místicas, etc.); y por último hay investigadores que incluyen lo práctico o contingente, destacando las conductas de las personas espirituales (servicio, resolución de problemas, conductas adaptativas, etc.). En cualquier caso, la mayor parte de las investigaciones concuerdan en que el uso inteligente de la inteligencia espiritual contribuye a resultados positivos en el bienestar emocional, la función social y la calidad de vida de las personas.

Inteligencia espiritual y educación

Así como una vertiente del trabajo se orienta a medir (a través de métodos como la magnetoencefalografía y la tomografía, entre otras) la actividad del sistema nervioso en individuos dedicados a actividades como la meditación, la oración, la contemplación de un paisaje o símbolos religiosos, o que permanecen en estados de silencio), otra vertiente, en la línea filosófica y antropológica, se ha enfocado en la determinación conceptual de las facultades y operaciones que, tanto en Occidente como en la espiritualidad oriental, y en muchos sistemas filosóficos antiguos, caracterizan el desarrollo de las personas consideradas "espiritualmente inteligentes". En esta última línea destaca especialmente en el ámbito hispánico Francesc Torralba, filósofo con un nutrido currículo académico orientado a la ética, quien en sus libros Inteligencia espiritual (2010) e Inteligencia espiritual en los niños (2012) ha difundido este concepto en España y en Latinoamérica.

Torralba enfatiza dos de los aspectos más importantes de la inteligencia espiritual en su potencial formador: en tanto inteligencia (y al igual como ocurre con la lingüística, la matemática, etc.), es educable, no exclusivamente sobre la base de aprendizajes cognitivos sino fundamentalmente experienciales, es decir, lo que podría denominarse aprendizajes vivenciales, que permitirían hacer eclosionar y desarrollar esa potencia espiritual que, sin estimulación, queda en estado germinal, latente, sin expresión vital, lo que representa un evidente empobrecimiento de la humanidad de una persona. Llevar la inteligencia espiritual a las aulas (como ocurre de modo sistemático ya en la Canadá francesa, Australia, Francia y en algunos estados de EE. UU.) supone, en consecuencia, integrar una serie de prácticas que han sido ignoradas por la educación tradicional, las cuales permiten "cultivar" esta inteligencia espiritual en la escuela. Torralba las desarrolla en el capítulo quinto de la primera obra mencionada: la práctica de la soledad; el gusto por el silencio; el aprendizaje de la contemplación; el diálogo socrático; la conciencia de la fragilidad humana; la práctica de la meditación; el despertar el deleite estético; y el valor de la solidaridad en tanto experiencia en que nos reconocemos como parte de una totalidad otra misteriosa (que para los creyentes es Dios, pero para los no creyentes puede ser un Todo no revelado ni personalizado en el sentido en que es concebido por las religiones institucionales). Estas son algunas de las "operaciones" que desarrollan las capacidades espirituales.

El segundo aspecto que se destaca en la reflexión de Torralba es evidente: la inteligencia espiritual parece ese eslabón perdido que puede recuperarse para poder fundar una auténtica educación integral, aspiración que está en tantas declaraciones legales sobre educación y en numerosos proyectos educativos, pero que se diluye o debilita en expresiones referidas a principios, valores, ética, etc., no suficientemente anclados en una visión antropológica integral, holística del ser humano. Sin ir muy lejos, recordemos que en el ordenamiento jurídico chileno se establece que los objetivos de la educación deben "contribuir a crear las condiciones sociales que permitan a todos y a cada uno de los integrantes de la comunidad nacional su mayor realización espiritual y material posible" (Constitución Política, art. 1). Por su parte, las Bases Curriculares del Ministerio de Educación, tanto en Educación Básica como en Media, recogen y retoman este enfoque integral de la persona y explicitan la "dimensión espiritual" involucrada en el proceso educativo, señalando que ella "promueve la reflexión sobre la existencia humana, su sentido, finitud y trascendencia, de manera que los estudiantes comiencen a buscar respuestas a las grandes preguntas que acompañan al ser humano. Los Objetivos de Aprendizaje en esta dimensión son: reconocer la finitud humana y reconocer y reflexionar sobre la dimensión trascendente y/o religiosa de la vida humana".

En un mundo regido por una racionalidad instrumental que permea incluso los ámbitos educativos, y en un contexto cultural cientificista saturado de estímulos que buscan transformar a las personas en "consumidores" o "usuarios", a despersonalizarlas, la inteligencia espiritual -facultad exclusivamente humana- se vuelve necesaria en todo proyecto educativo, sea confesional o laico, que aspire a formar personas integralmente. Como señala Torralba, "el ser humano padece unas necesidades de orden espiritual que no puede desarrollar ni satisfacer de otro modo que cultivando y desarrollando su inteligencia espiritual", es decir, es incapaz de alcanzar la plenitud de su humanidad por medio de las otras formas de su inteligencia, las cuales predominan en la mayor parte de los actuales modelos y sistemas educativos.

                                                                                                                                                                                                                                                                                                                               Patricio Varetto C.


Fuentes

Inteligencia espiritual (2010), Francesc Torralba. Plataforma Editorial: Barcelona

Inteligencia espiritual. La inteligencia que permite ser creativo, tener valores y fe (2001), Danah Zohar y Ian Marshall. Plaza & Janes Editores: Barcelona

Espiritualidad y sistema educacional chileno: un acercamiento urgente (2019), Cristián Prado Medel. Revista de Educación Religiosa, Instituto Escuela de la Fe, Universidad Finis Terrae, vol 1, n. 2









Howard Gardner
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